domingo, 29 de mayo de 2011

Sobre los árboles

¿A que no sabéis qué es un platanus hispanica? Pues no, que no es un producto de la recientemente proclamada Monarquía Bananera de la Mamá Patria, sino una especie vegetal de gran porte, también conocida como plátano híbrido, plátano de Londres o, más comúnmente, Plátano de Sombra.


Pues sí, querido lector, se trata de esos enormes árboles que adornan las veredas de la ciudad y que seguramente pervivirán más allá de nuestras miserables existencias humanas. El plátano hispánico puede vivir más de trescientos años, pudiendo alguno haber sido testigo de conversaciones interesantísimas de los próceres que alcanzaron a descansar bajo su sombra entre batalla y batalla.
Tiene el plátano, como los argentinos, un ascendiente confuso y mestizado, y poco se sabe de su origen real. Se supone que los primeros son producto de una hibridación realizada en España en el siglo XVII. En ese lugar y por esa fecha se los menciona por primera vez.
En este mundo que es, al decir de los mayores, un “valle de lágrimas” donde nuestras cabezas son constantemente golpeadas por muertes, duelos, mudanzas, acomodamientos, rezongos y obligaciones, son los plátanos de mi barrio una módica gota de miel en una amarga jarra de fernet sin coca y sin hielo.
Porque ellos, los plátanos, son como ventiladores naturales, como molinos de viento de largas melenas que permanentemente convierten el residuo de nuestras respiraciones en oxígeno purísimo, y que hacen que el aire de Baigorria sea codiciado por los habitantes de localidades vecinas que aprovechan cualquier trámite, cualquier visita ocasional,  para llevárselo embotellado con el propósito de respirarlo en los momentos de escacez, cuando las mefíticas fábricas arrojan en los cielos vecinos su ponzoñoso cóctel de sustancias inmundas.

Poderosos, silenciosos, sobrios, los plátanos no nos presumen su grandeza. Más bien, nos muestran nuestra pequeñez al sepultarnos bajo una alfombra de hojas amarillas cuando llega el otoño.
Árboles con pelotas, nos desafían. Sus frutos se descomponen en emplumadas semillas que pueden dejar fuera de combate a un ejército de alérgicos, condenándolos a ceguera y a estornudo, a la par que sustentan la prosperidad del negocio farmacológico, que provee a los mencionados dolientes de jarabes, corticoides y pañuelos de papel para sobrellevar sus crisis.
Los botánicos y los expertos en jardines piensan que no es prudente plantar al platanus hispanica a menos de diez metros de las edificaciones porque, por ser un árbol de gran porte -algunos alcanzan los cuarenta metros de altura- sus raíces pueden debilitar los cimientos de los edificios. Para no hablar del peligro que implica que una tormenta pueda tumbar uno de estos árboles o parte de ellos sobre una casa o un vehículo (como ha sucedido en rosario, sin ir más lejos) y provocarle serios perjuicios.

Pueblos primitivos tienen la salvaje costumbre de mutilar parte de las ramas de estos árboles colosales porque suponen que así el dios que vive en el árbol no tendrá brazos con qué dañar a las personas o tornar sus bienes en inservibles. Este ritual recibe el nombre de “poda” y es practicado aún en la actualidad incluso en localidades vecinas. La poda evita que el árbol pueda destruir un barrio con sus manazas, pero no nos protege de que el árbol decida vengarse pateando los cimientos de nuestros hogares con sus raíces o, en el peor de los casos, explotando o expeliendo rayos atómicos por sus muñones.

En fin, cuentan los ancianos dignos de fe que alguna vez alguien propuso ante el Consejo Delirante la idea de retirar los plátanos de toda la ciudad. Las razones que alegaba el oferente era preservar a la población de nuestra ciudad del agudo ardor en los ojos que producen sus bolas -las del árbol- al esparcirse en forma de semillas, en atención a la salud de miles de alérgicos que viven en Baigorria y a su propio beneficio, representado en el industrial interés en abrir una fábrica de palillos chinos, made in argentina, con la madera que obtuviera de la tala; palillos argenchinos se iban a llamar.
Dice la misma fuente, cuya identidad preferimos preservar principalmente porque no estamos muy seguros de quién fuera, que la propuesta naufragó después de que las “fuerzas vivas” y “yasabésquién” se opusieran alegando que era un negociado o, como dice la citada fuente, una extracción de provecho privado de la cosa pública.
Una barbaridad, me dijo. Y se fue tosiendo.

lunes, 23 de mayo de 2011

El Regreso de TN

El periodismo patriótico gusta de alarmarnos constantemente.

Para ello, se vale tanto de los elementos de la naturaleza como de los comportamientos generados por los propios mecanismos sociales que contribuye a generar.

Para los formadores de opinión, el mundo, la vida, la sociedad, conforman una máquina caníval donde lo único que nos queda por hacer es preparar nuestras armas para matarnos unos a otros  o juntarnos solidariamente a rezar mientras un tzunami, una nube radioactiva, un pibe chorro, Lilita Carrió  o un volcán llegan para acabar con nosotros.

Y es que el miedo garpa.

Por eso, porque alguien tiene que pagar por nuestro trabajo, hemos decidido ponernos a tono con los tiempos que corren e inaugurar una sección a la que en un esfuerzo sin igual de imaginación hemos denominado TN (todo negro): el salario del miedo

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Cuentos de terror

La Muerte Negra -
basado en una historia real

Todo tiempo pasado fue mejor, dicen algunos, y se quedan mirando un punto fijo de la nada con aire de suficiencia.

Y como el tiempo biológico corre hacia la vejez y la muerte, no podemos menos que estar de acuerdo con esa afirmación. En el pasado éramos más jóvenes.

Pero cuando se piensa en la historia de la humanidad, la frase no parece tan inobjetable.

En la Edad Media se utilizaba la palabra peste para referirse a cualquier plaga o enfermedad que fuera acompañada de gran mortandad, como la gripe o la viruela, pero ninguna calamidad de la historia puede asemejarse a la Peste Negra que asoló Europa entre 1347 y 1400. Se calcula que en tres o cuatro años llegó a matar entre la tercera parte y la mitad de la población europea de la época.

Se la llamó Muerte Negra" porque una de sus variantes, la bubónica, tenía como síntoma característico  la aparición de pústulas de sangre, es decir, de hemorragias cutáneas o  "bubas" de color negro azulado. La expresión latina "atra mortis" que usaron para llamar a la enfermedad da lugar a dos posibles interpretaciones porque atra tiene dos significados: terrible y negra. Hay quien supone que cuando los cronistas hablaban de atra mortis se referían a "muerte terrible" y no a "muerte negra".

La peste no era desconocida para los europeos de aquel tiempo. Sabían que en tiempos de Justiniano la peste había causado estragos en la población y eran conscientes de que una plaga azotaba a Oriente y que era de una virulencia extraordinaria. Lo que no suponían era que un fenómeno que ocurría tan lejos pudiera alcanzarlos.
Las diversas rutas de comercio abiertas con oriente y que proveían a los ricos de los sedas, especias y otros productos exóticos abrió las puertas de Europa al contagio. Quienes más padecieron las consecuencias fueron, cuando no, los más humildes, que venían sufriendo  varios años de cosechas insuficientes, hambrunas y el crecimiento demográfico de las ciudades que los obligaba a vivir hacinados sin las mínimas condiciones de higiene y de nutrición que hubieran evitado que la enfermedad se propagara de un modo tan eficiente.

Actualmente,  se  sabe  que  la  Peste bubónica es  una  zoonosis,  es  decir,  una enfermedad transmitida por los animales,  producida por el  ‘Yersinia Pestis’, un bacilo descubierto en 1894, al ser aislado en Hong Kong.

Ya desde muy antiguo se creía que la peste tenía algo que ver con las ratas. En muchos lugares se había detectado que las ratas empezaban a morir masivamente un poco antes de que apareciera la epidemia en los seres humanos. Pero aunque se diera por seguro que las ratas tenían que ver con el contagio no era fácil determinar cuál era su papel. Una pregunta difícil de contestar porque aunque se llegó a pensar que podía ser que transmitiera por mordiscos o arañazos, no parecía todos los infectados tuvieran cicatrices producidas por alguna rata. Además, ¿cómo se transmitía de unas personas a otras? Los médicos llegaron a comprobar que mientras un afectado por la peste estaba enfermo no parecía que se contagiaran sus familiares; sin embargo, una vez que había muerto sus allegados empezaban a enfermar. ¿Qué ocurría entonces?

Partiendo de estos dos hechos  un médico francés que no era Pasteur, diseñó un experimento para tratar de averiguar cómo se producía el contagio. En su mesa del laboratorio, junto con sus ayudantes, puso una rata enferma a la que quedaba poco para morir y la rodeo de una serie de jaulas que contenían ratas sanas.  La rata enferma tardó poco en morir, pero no parecía que sucediera nada que pudiera afectar a los demás animales. Sin embargo, cuando ya pensaban que se habían equivocado y que el experimento no iba a servir para nada, de repente, vieron como empezaban a salir y saltar minúsculos animalitos desde la rata muerta, y cómo estos se escondían rápidamente en el pelo de las ratas sanas. Eran pulgas. Resultó que las pulgas, al enfriarse el cadáver de la rata muerta salieron en busca del calor de las ratas vivas.

El bacilo también se aloja en roedores salvajes, como marmotas y ardillas, cuyas pulgas son más resistentes que las pulgas de las ratas, sobreviviendo a la muerte de sus huéspedes. La cacería practicada por los pueblos nómades de las estepas, contribuyó a la propagación del bacilo, ya que las pieles de estos roedores salvajes eran aprovechadas como vestimenta.Con  el  establecimiento  de  la  dominación  mongola  y  su  activa participación en el comercio oriental con Europa, habrían contribuido a la difusión de la Peste.  Porque  ésta  viajó  desde  las  estepas  hasta  el  Mar  Negro,  alcanzando Constantinopla, Asia Menor y África, y viajando por el Mediterráneo, llegó a Europa.

Moraleja sociopolítica: Nunca vayas al velorio de una rata. Sus parásitos siempre están buscando sangre fresca.

Melody. La Educación Sentimental.

Alguien, que con toda seguridad no se llama Lus sino de alguna manera mucho más complaciente y permeable a la influencia del sistema, no siempre ha sido el cínico escriba que fatiga palabras en un confuso decir sin banderas. Sucede que el tiempo te endurece -o te seca, como dice el hermano Marcelo- con una gruesa capa de quitina que nos protege, pero que también nos aísla de las influencias del exterior.
Eventualmente, algunas obras artísticas horadan la coraza y nos llegan al núcleo blando del ser, al corazón o al órgano que corresponda, y se quedan alojadas allí con la fuerza de una superstición.
Las hay que en un momento de la vida actúan como un espejo perfecto, sincronizadas al milímetro con los avatares de nuestro desarrollo y con la epopeya de la intensidad y de la melancolía que por comodidad llamamos preadolescencia.
La obra de arte con la que me he sentido más existencial y eróticamente contemporáneo es la película Melody. Quizás también habría que añadir políticamente contemporáneo, en una época en la que se hablaba de que los niños eran privilegiados y en la que no nos asombraba que los autos explotaran.
Era un espejo, y en cierto modo, un manual de instrucciones. Fue la primera vez que me vi a mi mismo en una película: mis timideces, mis miedos y esa extraña sospecha de que algo no estaba bien con los adultos. Cuando vi Melody me vi, y aprendí con ella a aceptar enamorarme y comunicar ese sentimiento, para poner en práctica el enamoramiento, para avanzar en el amor, pero también para huir de las convenciones, para formar alianzas, burlar instituciones, para sentirme parte de un colectivo que era más o menos parecido a lo largo de todo el planeta.
Capaz que sueno un poco cursi. Si le parece así, allá usted. En algún lugar perdido de su pasado, un ser pequeño y vulnerable a la indiferencia de los adultos, sufre por los pasillos la fenomenología del amor, esa experiencia involuntaria tan natural como el color de la piel o la lluvia. ¿Le gusto? ¿La llamo o espero que me llame ella? ¿Me parece a mí o me está mirando? Ese mundo de pequeños gestos que algunos reviven con sus hijos con nostalgia, y otros reprimen por apatía o resentimiento.
Melody, esa película que fue una decepción de taquilla en Gran Bretaña y en Estados Unidos, fue un fenomenal éxito en Japón y en algunos países de Latinoamérica, Argentina entre ellos. Los que no recuerden la película seguro recordarán la inolvidable banda de sonido encabezada por Bee Gees -antes de que la música disco los convirtiera en un coro de castratti- y cerraba con un bellísimo tema de Crosby, Still, Nash and Young, que algunos conocerán en la versión más reciente de los Hanson. En aquella época no sabíamos quién era Alan Parker. Cuando The Wall y Expreso de Medianoche lo hicieron famoso, algunos se acordaron de que él fue guionista de aquella tierna película que a su modo también era una denuncia.

En estos años de odio patriótico al colonialismo y a todo lo inglés en general, no está de más preguntarse por qué Melody fue un éxito en Argentina. Por mi parte, no tengo ningún escrúpulo de reconocer que el cine inglés siempre me ha gustado. Y me gusta del cine inglés su innegable parentesco costumbrista con algunos de nuestros paisajes latinoamericanos, por lo menos, de algunos del cono sur. Lo que el cine estadounidense muestra me resulta fantasioso y superficial , muy de ellos. Tal irreales como la supervivencia del coyote tantas veces derrotado por el correcaminos, que sobrevive al TNT, a los precipicios y sobre todo, al hambre. Los ingleses tienen barrios obreros, asisten a clases con uniforme, se transportan en autobuses públicos, juegan al fútbol, toman infusiones permanentemente. Obvio que muchas cosas nos diferencian, pero estoy seguro de que los obreros de los dos países se parecen, así como también sus clases dominantes, pero eso es otra discusión.
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Be my Valentine

Las celebraciones establecen, en el continuo fluir de los días, vórtices donde fundar una diferencia. Si uno sabe sacar provecho de ellas, la vida se colorea y se llena de sentido. Vengan de donde vengan, poseen un carácter simbólico que resignifica lo cotidiano: nos hacen explicar nuestras elecciones y fortalecer vínculos, con la patria, con nuestros miedos o con los seres que amamos.
Hoy se celebra en gran parte del mundo, el día de San Valentín, patrono de los enamorados. Fomentado por los comerciantes locales, que hacen del intercambio de regalos una oportunidad de pingües ganancias, pero también por el cine de Hollywood y sus comedietas románticas edulcoradas y por el animé japonés, es denostado por algunos sectores que sienten que en la adopción de ciertas festividades está la mano invasora del imperio que sutilmente va colonizando las mentes y las vidas cotidianas de los latinoamericanos. Puede que algo de eso haya, pero también parece que lo que motiva a adoptar estas costumbres tiene más que ver con cierto pintoresquismo o colorido particular que las acompaña, como en el caso de la fiesta de Iemanjá que desde hace unos años se celebra en Mar del Plata el 2 de febrero, o con características propias de la celebración, como la fiesta de San Patricio o Halloween, ambas de origen irlandés, que están asociadas una con el consumo de ingentes cantidades de cerveza y la otra con los disfraces, las golosinas, con las historias de miedo y con algunas películas de terror de gran fama y escaso gusto.
Los tiempos cambian y las tradiciones también. Permanentemente incorporamos personajes a nuestro pequeño panteón de sujetos admirados o admirables. Hace veinte años o menos, el Gauchito Gil casi no era conocido afuera de la provincia de Corrientes, y hoy tiene altares a lo largo de todas las rutas del país. Hace cuarenta o cincuenta, nadie hablaba de Papá Noel. Te puede caer bien o no, eso es parte de otra discusión, la realidad es que sea por copiarse de las películas del Pato Donald, por insistencia de los comercios amigos o por imposición de la CIA y el FBI, hoy todos sabemos quién es Papá Noel, personaje que le robó la Navidad a Jesús niño, cuyo cumpleaños se festeja ese día, aunque con la pirotecnia, el alcohol y los regalos, uno casi no se acuerde.
¿Saben quién fue San Valentín? Bien, mucho no se sabe, pero se cuenta que hubo un obispo en Roma en el siglo III que, pese a una prohibición expresa del Emperador Claudio (Claudio Segundo, el otro era el padrastro de Nerón y gobernó dos siglos antes) que impedía a los jóvenes en edad de ser soldados contraer matrimonio, casaba en secreto a los enamorados que se lo pidiesen. Enterado el Emperador, Valentín fue encarcelado y finalmente ejecutado el 14 de febrero de 270.
Se dice que el oficial encargado de encarcelarle, con el propósito de mofarse del santo, lo retó a que le devolviese la vista a una hija suya, de nombre Julia, que nació ciega. Valentín aceptó el reto y por medio de la oración le devolvió la vista. Dicen también que Julia, después del martirio de Valentín, plantó un almendro junto a su tumba y que por eso el almendro es símbolo de la amistad y el amor duraderos.
Algunos de nosotros no vacilamos en mostrarnos escépticos con respecto al matrimonio y al amor duraderos. Somos, no obstante, celosos cultores de la amistad. Y aunque nos cuesta creerla, nos gusta que una historia como la de San Valentín haya podido llegar hasta nosotros a pesar de que hayan pasado casi 20 siglos. Es seguramente una historia falsa, pero, qué bueno que no lo fuera y que hubiera milagros.
Cuando éramos adolescentes, celebrábamos el “día de los novios” el 20 de setiembre. No sé si todavía se festeja, nunca fue una celebración muy popular, pero una cosa es ser novio (que es, en todo caso, un cargo) y otra muy diferente es “estar enamorado”. Por eso, bienvenido sea el día de San Valentín y todas las celebraciones que nos hagan un poco más dichosos, más generosos, más sensibles, más humanos.

CONTRA EL FRÍO

El ser humano no está preparado para soportar el frío. En su infinita justicia, el señor dios, avisado del fracaso del diluvio, provocó la calvicie de un grupo desangelado de monos y los abandonó a su suerte, suponiendo que el hecho de no tener pelos por todo el cuerpo, ni cuero ni plumas ni nada por el estilo que lo protegiera, acabaría aniquilándolos por hipotermia y por enfermedades asociadas con el enfriamiento.
Rebeldes y tenaces, los humanos inventaron la estufa y el jarabe para la tos.
Y es curioso que un mamífero rebelde y tenaz no haya alcanzado el mínimo de inteligencia necesario para comprender que es una estupidez celebrar con vítores y panderetas la llegada del frío.
Me acusan de soberbia, de descalificar a toda la humanidad porque escuché a un solo desubicado decir “el invierno no llega nunca”. Puede ser. La enunciación de postulados generales es el objetivo de la ciencia, y yo soy muy científico. Soy un Einstein en lo mío, pero me falta tener un poco más claro qué cosa sea lo mío.  Algunos, cuando tratamos de ser humildes, sonamos como soberbios. Queremos parecernos al promedio, pero no podemos descender nuestra montaña. La grandeza no cabe en nuestra ropa. Qué va' ser.
Mientras tanto, miro con desazón cómo bajan las persianas  de las heladerías del pueblo y cómo  los shores van siendo reemplazados por pantalones de sarga y las sandalias por botas de 600 pesos.
Porque hasta eso tiene de malo el invierno: un par de botas cuesta más o menos lo que 40 pares de ojotas!.
En verano te juntás con un par de amigos en la Reserva y armás un piola partido de bóley con un costo mínimo y una diversión de orden superlativo, y eso sin tomar en cuenta los árboles raros, los pajaritos vistosos, las minas en tanga y otros atractivos que tiene nuestra playa. Ahora bien, ¿cuántos baigorrienses son fanáticos de los deportes de invierno? Yo sería fanático, pero mi bolsillo no los puede costear. Y seamos serios: mirar deportes de invierno por SPN no es igual a ser aficionado a los deportes de invierno.

En invierno, las chicas que me gustan no andan descalzas, que es una forma parcial de desnudez, y eso me pone medio melancólico, que es una forma parcial de estar triste.

En invierno cuando llueve te morís de frío, y cuando llega la noche (y en invierno la noche no llega, en invierno es de noche) te morís de frío, y si la casa quedó sola y con un postigo a medio cerrar,  te morís de frío, y a la mañana cuando vas a la cocina a hacer las tostadas te morís de frío, y ni bien te levantás hay que esperar que el agua salga caliente en un baño que está frío como una morgue y todo está frío y mojado y el colectivo se demora más y cuando viene está lleno y cerrado y apesta como si todos los gallineros sucios del pueblo hubieran decidido bostezar allí dentro.

En el invierno llevás tanta ropa puesta que ni sentís ni se te siente. Lo cual puede ser ventajoso en algunos casos, pero son tan aislados que ni da.

Y los dedos se te ponen duros de frío y el celular no se puede manejar con guantes y se te cae al suelo y se rompe en mil pedazos y con él, las doscientas personas que almacenás en tus contactos.
En invierno, después de que uno rompió o perdió su celular, trata de conectarse con la persona amada a través de un teléfono público donde un vecino en el mismo predicamento tosió un par de veces, las necesarias para contagiarnos la gripe porcina y mandarnos a la Quinta del Ñato o a hacer tres semanas de reposo que, a lo que  dura la vida humana, viene a ser más o menos lo mismo.


En fin, cuando uno hace el curso ese que te hacen hacer para vender alimentos en el instituto del ídem, te explican que el frío es bueno para conservar las propiedades de las cosas. En un freezer se puede mantener muerto a un animal durante meses. Pero lo que no puede hacer el frío es volverlo menos muerto. El animal agotó su energía y eso lo enfrió. Mantener el sol encendido también implica un gasto.  El universo tiende a enfriarse y mantenerlo tibio representa un consumo desmesurado de energía. Y eso cansa.
Usted, que gusta del invierno porque acostumbra  sentarse a mirar televisión frente a la estufa, está conspirando contra la subsistencia del universo, o, como decía un amigo cuando yo le explicaba cómo envolver un sábalo para freezarlo: el frío podrá conservar muchas cosas, pero hace muy difícil conservar el entusiasmo.

Personajes: Mi Vecina insegura

Qué inseguridad, vecino, no se puede nada nunca en ninguna parte. Yo tengo miedo. Es algo que me quedó de cuando tomaba merca. Yo dejé las drogas en el 92, cuando se terminó de separar Serú Girán, pero todavía me ando escondiendo. Mis hijos dicen que soy una perseguida. Claro, porque me persiguen. Ellos mismos lo están diciendo. Me persigue el teléfono que me manda mensajes diciéndome que me gané un auto cero kilómetro. Me persiguen los chicos de la calle para pedirme plata. ¿Ustedes saben que esos chicos que andan por ahí con esa ropa toda rota que les gusta usar a los pobres no son pobres? Son niños actores. A esos chicos los alquilan sus padres choriplaneros a los borrachos para que pidan plata, porque a los borrachos nadie les da. Y también los alquilan algunos partidos políticos, para que la ciudad se vea más triste y las gente los vote a ellos que van a sacar a los chicos de las calles. Así no se puede vivir. Te acechan, te apuntan, te manguean, te roban. Te roba el gobierno y te roban los asaltantes. A mi hermana ya la asaltaron como quince veces. Tres veces la asesinaron. La semana casi la violan, pero cuando el malhechor le sacó la ropa se ve que lo pensó mejor. Por eso tengo miedo, porque nadie nos cuida. ¿Vieron que casi no se ven policías en la calle? La vez pasada estaba hablando de esto con mi cuñada y me di miedo. Y cuando tengo miedo siento también deseos de tomar merca, porque consumir me hacía sentir fuerte.  Entonces era yo la que daba miedo. Ahora soy vulnerable. Y soy vulnerable porque me enviedian, porque la gente quiere quitarme lo mío. Lo mío es berreta, lo pagué en cuotas, funciona como el orto pero es mío, carajo. La gente está desquiciada. Mi hermana por ejemplo, se cansó de que la asaltaran y se compró un gas. Un gas mostaza o jengibre, no sé de qué sabor es, pero ella dice que sirve para alejar a los malvivientes. Ella también tiene miedo, pobre, con todo lo que le pasó. Y yo se lo robé. Acá lo tengo. No se los muestro para que no se pierda el elemento sorpresa. Qué sé yo quién es el que está leyendo esto. Yo no confío en desconocidos. Por eso le robé el gas pimienta a mi hermana. Para que aprenda a cuidarse y no ande confiando en cualquier desconocido. Recién, cuando venía para acá me paró un tipo en la calle con cara de peronista o de radical, a todas luces, un malhechor. Me quiso dar un volante para una obra de teatro. Lo pulvericé con el gas pimienta. Quedó arrastrándose por el piso. Conmigo no se la van a llevar de arriba.  Si la gente está loca, esperen verme a mí. La única manera de sentirse seguro es tener algo con qué protegerse. O quedarse en la casa. En la casa uno está seguro. Mi casa es hermosa, tiene -tenía- el frente con un estucado y unas piedritas y unas partes de mármol re elegantes. El fin de semana pasada rompí todo el frente de mi casa. Lo agarré con una maza y le saqué a pedazos el revoque y le descascaré toda la pintura. Los apliques de mármol se los arranqué con una barreta y los tiré en el gallinero. Hecha mierda la dejé. Para estar más segura. Cuando los ladrones ven la casa hecha una ruina pasan de largo y le roban a mi vecina. Esa yegua. La semana pasada cambió el auto. Ojalá la roben y aprenda que hay que ser humilde. Cuando mi marido vino con los albañiles para reconstruir el frente de la casa que yo había reventado a mazazos, le dije que de ninguan manera. Que el frente se quedaba así, que era más seguro, pero ya que se iba a poner en gastos, que mejor hiciera una bóveda. Ahora está de moda tener una. Santa Cruz es la provincia más densamente poblada de bóvedas. Que hiciera una bóveda le dije, o un recinto... Pero no para poner plata. Para ponerme yo.  Desde entonces, cuando percibo un movimiento sospechoso o un ruido repentino, me encierro en la bóveda y espero a que todo se calme. Claro que en tu casa te puede picar un dengue, que es un mosquito de porquería que te pica y te empezás a hinchar y a hinchar hasta que te explota la cabeza. La gente es peligrosa. Y los mosquitos me la tienen jurada.

domingo, 22 de mayo de 2011

Lo que mata es la humedad

El viernes pasado me dirigí como tantas veces a la residencia que mi tío Luberto tiene en las islas. Intentaba que el sabio me diera su parecer sobre la bajante del Paraná y la influencia que esta tenía en las actividades de los isleros y en la economía regional. Esperaba que con sus profundos conocimientos de economía política y sus vivencias como habitante de un ecosistema tan dependiente del comportamiento del río, sabría darme una opinión objetiva y autorizada acerca de las consecuencias posibles de esta bajante. Infortunadamente, lo encontré en uno de esos días, cada vez más frecuentes, en que la conversación se vuelve entreverada y extravagante, y , aunque no logré que se interesara en lo que yo quería preguntarle, igualmente publicamos la nota, principalmente porque tememos sus represalias.
-Hola tío. Hacía mucho que no nos veíamos. ¡Qué calor que hace!
-No sé. Decíme vos, ¿qué calor hace?
-Calor, mucha temperatura. No me vas a decir ahora que no te diste cuenta que hace calor. ¿Me equivoco?
-Entonces no debiste decir, “¡qué calor hace!” sino “¡cuánto calor hace!”. Porque el problema no es que haga calor, la vida es entre otras cosas una manifestación térmica, sino la cantidad de calor que hace. Es evidente que hace bastante.
-Para mí hace un montón de calor, demasiado diría. Una verdadera hola de calor. A mí el calor me tira abajo. Me bajonea. Yo qué quiere que le diga, prefiero el invierno, porque cuando hace frío te abrigás y listo. En cambio, en verano llega un punto en que no te queda más ropa que sacarte.
-Vos decís que hace mucho calor. ¿Mucho calor comparado con qué?
-No importa, tío. Yo no vine a hablar del tiempo, era un comentario nomás. Yo le quería preguntar por la bajante del río, ¿cómo la están sobrellevando los isleros? El año pasado recuerdo que hubo problemas por los roedores.
-Sí que es importante saber con qué comparamos nuestras apreciaciones. Uno tiene que establecer un punto de comparación para poder hablar con alguna autoridad de cualquier cosa. Si no es así, uno no conversa, no razona. Sólo hace ruido. ¿De cuánto calor estamos hablando?
-No sé. Cuando salí de casa había 34 grados. Mire cómo es usted. Compárelo con el jueves pasado, es muchísimo.
-¿Sabías que en el interior del Sol hace 15 millones de grados? Realmente no me parece que estés hablando de mucho calor. Los polos son los lugares más fríos de la tierra y el punto más tórrido está distribuido a lo largo del Ecuador. En los polos del sol una temperatura de 40º sería recibida con alarmas y frazadas.
-Está bien, pero para la supervivencia humana una temperatura de más de 35º es molesta y peligrosa para la salud. Por eso es que le digo que es preferible el frío del invierno. Uno se abriga, se sienta junto al hogar y se queda frente a la ventana tomando café y listo. Pero volvamos al tema del río, ¿cree que el estado está tomando las medidas apropiadas con respecto a la bajante?
-La verdad es que no había pensado en el asunto. Vos siempre venís a perturbarme. Como todo iluminado, he aprendido a vivir el día a día sin interpelar al universo sobre la conveniencia de la alternancia de las estaciones. Simplemente la acepto tal cual se da. Entonces venís vos con el cuento este de que qué calor que hace y que es mejor el invierno y me perturbás. ¿Por qué decís que te gusta el invierno? Porque tenés el hogar a leña, la frazada, la ventana y el cafecito. Es decir que querés que haga frío para abrigarte y encerrarte y no tener frío. ¡Para eso que haga calor!
-En realidad, mi ventana da a un pasillo… Y el café me hace mal. Pero yo quería que habláramos del río…
-Por otro lado, cuando vos decís que querés que haga frío. ¿De qué temperatura estás hablando? Porque si hablamos de 5 grados, que es una temperatura que casi todos considerarán más bien fresca,
seguimos hablando de calor. A menos que hablemos del cero absoluto, siempre estamos hablando de calor. El frío es absolutamente indeseable porque comporta un consumo de energía mayor y precipita la entropía. El universo perecerá en el frío. Y eso es inevitable.
-Siguiendo con el tema de la bajante del Paraná, ¿cuál es el impacto ecológico en la flora y la fauna de la isla, hay mediciones serias, habrá consecuencias importantes en los humedales?
-La humedad sí es un tema. Porque el calor ambiente en la pampa húmeda es, como su nombre lo indica, húmedo. El problema no es la cantidad de calor, sino el tipo, la clase, la forma de calor. Por eso yo no digo como vos “cuánto calor que hace” sino “qué calor hace”, calor húmedo y pegajoso.
-Entonces, si hiciera este mismo calor pero menos húmedo no sería tan molesto?
-Exacto, si hiciera este mismo calor pero seco estaríamos muertos de risa.
-Ah… Usted dice que el calor, por ser húmedo, se percibe como más calor.
-Algo así. Todos conocemos la frase, típica de los viejos, “lo que mata es la humedad”, pero pocas veces nos preguntamos qué cosa quiere decir exactamente. Cuando hay humedad en el ambiente -como por ejemplo, cuando llueve a lo pavote por la noche y a la mañana sale un sol soplete y evapora hasta los edificios- al cuerpo se le dificulta la sudoración y, en consecuencia, su capacidad para enfriarse. Aumenta lo que se conoce como sensación térmica. Sin humedad, con 40 grados se vive. Con humedad, con treinta ya estás incómodo y hecho una sopa.
-¿Cómo que se dificulta la sudoración? Yo con humedad transpiro más.
-No es que se sude menos, se suda más. Pero la evaporación del sudor es lo que produce frescura. Si el ambiente está cargado de humedad, no hay evaporación. Uno anda húmedo, pegajoso, transpirado, mojado, lúbrico y pantanoso como esos repugnantes batracios viscosos y ojisaltones que habitan los pantanos de las películas de terror y el fondo de la casa de tu madre, que siempre está lleno de cosas podridas.
-La humedad es muy problemática. En invierno cuando hay humedad también parece que hace más frío.
-Sí, pero con tipos como vos, que en lugar de decir “¡Qué humedad!” claman “¡Qué calor!” estamos en problemas. Muy al contario: el calor es la solución. Con una temperatura de más de cien grados, estoy seguro de que humedad ya no hay. Claro, tampoco habría agua líquida para beber, pero ustedes ya están acostumbrados.
-Bueno, aprovechemos que trajo el tema a la conversación y hablemos nuevamente del agua. Usted sabe que a los que habitamos Baigorria y ciudades vecinas la bajante del río nos preocupa porque ya hemos sufrido la carencia del líquido elemento. ¿Cómo está actuando ASSA en su opinión?
-Y sí, si hablamos de las ciudades la cosa es mucho peor. En el campo, acá en la isla, cualquier ráfaga de viento te refresca. Donde hay mucha gente y uno está obligado a compartir espacios pequeños y mal refrigerados con muchas personas no hay alivio de ningún tipo. En el 35/9 hay aire acondicionado (a veces demasiado), pero en el 143, más económico y popular, casi nunca. Es interesante mirar la reacción de un pasajero que es rozado casualmente por la piel transpirada de otro al subir al colectivo. Sin excepción experimentan un estremecimiento, fácil de percibir, bastante parecido a la repugnancia, aunque sean conscientes de que sus propios cuerpos también están agotados, húmedos, resbaladizos y comprendan que ese colectivo al que ascienden, si se llena, pronto le hará evocar la sensación de viajar en un balde repleto de sapos o en la bodega de un barco japonés donde la riqueza robada a nuestra fauna ictícola se agita agonizante buscando una molécula de oxígeno que le permita prolongar la existencia, hasta entonces tranquila y llena de buenos momentos, aunque sea unos pocos segundos. Miserable, el hombre condenado a trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente en esos macizos de cemento que son las ciudades contemporáneas, vuelve a ese estado en que todavía no era hombre, sino una grotesca criatura gruñente recién descendida de los árboles para enfrentar en una tierra arrasada por volcanes a predadores peludos y pletóricos de dientes, pero también a sus semejantes, porque los recursos son escasos y quien se haga con ellos podrá adquirir el derecho de revolcarse como las bestias en cuevas de frío, oscuridad y miedo, en ceremonias donde el instinto tiene más para decir que el placer, y permitir la supervivencia de la especie hasta morir en las fauces de un monstruo ciego e idiota. Era dura la vida del cavernícola. De esos seres hemos heredado los peores demonios que atenazan nuestra vida: el miedo y el sinsentido de la Existencia. Bueno sobrino, espero haberte sacado todas las dudas, pero ahora me tengo que ir a comer un helado a lo de Froilán el pescador. ¿Te acordás de Froilán, no? Bueno, resulta que tuvo una buena racha en el Casino de Victoria y se quedó unos días jugando a los fichines. Cuando volvió se encontró con que la canoa le había quedado atascada en el barro como a 300 metros del agua, y como hace rato que le venían dando pena los gemidos de los bagres a medio morir y no tenía ganas de seguir renegando, puso una heladería y le va fenómeno. ¿Venís? El viejo hace un sambayón de huevos de yacaré con coñac tres plumas para chuparse los dedos. En realidad, para chuparse nomás. El viejo pone coñac hasta en los cucuruchos.
-¡No me sacaste ninguna duda! ¡El único comentario que me sirve de todo lo que dijiste es que Froilán tuvo que poner una heladería porque no puede pescar!
-Bueno, querido, si vos te vas a poner a hablar de cualquier cosa con tus entrevistados, mal te va a ir en la vida como periodista.