Hoy se celebra en gran parte del mundo, el día de San Valentín, patrono de los enamorados. Fomentado por los comerciantes locales, que hacen del intercambio de regalos una oportunidad de pingües ganancias, pero también por el cine de Hollywood y sus comedietas románticas edulcoradas y por el animé japonés, es denostado por algunos sectores que sienten que en la adopción de ciertas festividades está la mano invasora del imperio que sutilmente va colonizando las mentes y las vidas cotidianas de los latinoamericanos. Puede que algo de eso haya, pero también parece que lo que motiva a adoptar estas costumbres tiene más que ver con cierto pintoresquismo o colorido particular que las acompaña, como en el caso de la fiesta de Iemanjá que desde hace unos años se celebra en Mar del Plata el 2 de febrero, o con características propias de la celebración, como la fiesta de San Patricio o Halloween, ambas de origen irlandés, que están asociadas una con el consumo de ingentes cantidades de cerveza y la otra con los disfraces, las golosinas, con las historias de miedo y con algunas películas de terror de gran fama y escaso gusto.
Los tiempos cambian y las tradiciones también. Permanentemente incorporamos personajes a nuestro pequeño panteón de sujetos admirados o admirables. Hace veinte años o menos, el Gauchito Gil casi no era conocido afuera de la provincia de Corrientes, y hoy tiene altares a lo largo de todas las rutas del país. Hace cuarenta o cincuenta, nadie hablaba de Papá Noel. Te puede caer bien o no, eso es parte de otra discusión, la realidad es que sea por copiarse de las películas del Pato Donald, por insistencia de los comercios amigos o por imposición de la CIA y el FBI, hoy todos sabemos quién es Papá Noel, personaje que le robó la Navidad a Jesús niño, cuyo cumpleaños se festeja ese día, aunque con la pirotecnia, el alcohol y los regalos, uno casi no se acuerde.
¿Saben quién fue San Valentín? Bien, mucho no se sabe, pero se cuenta que hubo un obispo en Roma en el siglo III que, pese a una prohibición expresa del Emperador Claudio (Claudio Segundo, el otro era el padrastro de Nerón y gobernó dos siglos antes) que impedía a los jóvenes en edad de ser soldados contraer matrimonio, casaba en secreto a los enamorados que se lo pidiesen. Enterado el Emperador, Valentín fue encarcelado y finalmente ejecutado el 14 de febrero de 270.
Se dice que el oficial encargado de encarcelarle, con el propósito de mofarse del santo, lo retó a que le devolviese la vista a una hija suya, de nombre Julia, que nació ciega. Valentín aceptó el reto y por medio de la oración le devolvió la vista. Dicen también que Julia, después del martirio de Valentín, plantó un almendro junto a su tumba y que por eso el almendro es símbolo de la amistad y el amor duraderos.
Algunos de nosotros no vacilamos en mostrarnos escépticos con respecto al matrimonio y al amor duraderos. Somos, no obstante, celosos cultores de la amistad. Y aunque nos cuesta creerla, nos gusta que una historia como la de San Valentín haya podido llegar hasta nosotros a pesar de que hayan pasado casi 20 siglos. Es seguramente una historia falsa, pero, qué bueno que no lo fuera y que hubiera milagros.
Cuando éramos adolescentes, celebrábamos el “día de los novios” el 20 de setiembre. No sé si todavía se festeja, nunca fue una celebración muy popular, pero una cosa es ser novio (que es, en todo caso, un cargo) y otra muy diferente es “estar enamorado”. Por eso, bienvenido sea el día de San Valentín y todas las celebraciones que nos hagan un poco más dichosos, más generosos, más sensibles, más humanos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario