domingo, 29 de mayo de 2011

Feliz Navidad.

Yo no sé como terminará usted el año, nosotros, de nuestra parte, agotados de escuchar a esos alcahuetes que gritan por el choripán y el plan a todos los que no claudicamos en nuestra lucha por la libertad de expresión los remoquetes ofensivos de gorila, opo, corpo o derechista. Esa injusticia no nos va a enturbiar el brindis, no provocará tsunamis en nuestras copas. El tiempo terminará por darnos la razón. Entretanto, brindemos por lo mucho que ha pasado este año, y porque el año próximo no siga pasando.
No vamos a intentar evaluar lo mejor y lo peor del año, apenas queremos tomar algunos apuntes sobre aspectos que han dado lugar a controversia. La disputa del control de la calle que se dio entre el oficialismo y otros sectores de la sociedad, y la postura de los representantes políticos que no pertenecen al partido en el gobierno frente a los hechos que conmovieron a la opinión pública. Nos somos gente informada que lee diarios centenarios, la Nación y la Capital, pero también los más progresistas, Clarín y Perfil. Nos no tenemos una visión sesgada de la cosa, tratamos de escuchar todas las campanas del periodismo independiente, aunque también escuchamos a Víctor Hugo, que será Kirchnerista, pero relató los goles de Diego contra Inglaterra y siendo uruguayo, no se le puede exigir que sepa lo que pasa en este país.
Por eso, mientras escribo este saludito de feliz navidad, no puedo evitar que se crucen por mi memoria los impresionantes sacudones de la política vernácula. Año en que cacerolazos, embargos, paros, piquetes y saqueos, no lograron hacer mella en un gobierno que amenaza con transformar la democracia y las instituciones republicanas en cáscaras vacías.
El problema es que por afuera de esta forma antipática y abyecta que la barbarie vocifera como “peronismo” está el desierto, no hay proyecto de poder ninguno. Y que entre corruptos y oportunistas deberemos al cabo definir cuáles son nuestras simpatías. El gobierno ha planteado varios frentes de confrontación, es ese sin duda su estilo, pero es preciso señalar que esa confrontación es apoyada por gran parte de la ciudadanía, harta de las políticas entreguistas del Proceso, el Menemismo y la Alianza.
Por eso  los Moyano, Lozano, Solanas, radicales, socialistas, peronistas “disidentes” dicen que el kirchnerismo coopta las luchas legítimas para beneficiarse políticamente. Deberían reconocer que los K las pelean solos. Y por ende las ganan solos.
Es de buen jugador reconocer los méritos del oponente.

El kirchnerismo se va a quedar con todo porque la oposición se obstina tercamente en dejarlo solo en cada pelea. En declarar que cada paso que el gobierno da está equivocado y lo pone al borde de un abismo inminente. Pero el kirchnerismo pelea a fondo, como don Corleone. Si pierde, pierde. Como ya lo han señalado las brillantes plumas del periodismo independiente, estas gentes que ahora nos gobiernan son sólo los despojos humeantes del setentismo montonero, idealista y violento, y si eso es cierto, quien arriesgó su vida y sus intereses personales por intentar una revolución, difícilmente dé marcha atrás por cuestionamientos políticos, corporativos o mediáticos. Pasó con los fondos buitre, pasó con YPF, pasó con la fragata. Ante cualquier hecho que remotamente se presente como un revés para el partido gobernante, la oposición se apresura a descorchar champanes y arrimar argumentos en favor de los agresores con un entusiasmo cipayesco y obsceno. ¡Pero de este lado estamos todos nosotros, los k, los anti-k y los que no tienen la menor idea de nada y que sólo quieren vivir en paz en la patria de sus mayores! Y como al kirchnerismo no le importan un rábano las opiniones opositoras, decide su propio camino, apuesta a los argumentos que le dieron buen resultado y, a veces (muchas veces), gana. La oposición es un pésimo astrólogo que falla siempre sus vaticinios, pero que es el primero en creer en ellos.
Y lo mismo aplica para la pseudo izquierda y los pseudo progresistas que no pinchan ni cortan desde 1945 hasta hoy: porque en el momento de luchar se borran o directamente se alían al enemigo.

Este año volvieron los cacerolazos. Los cacerolazos nos remiten, al igual que el desabastecimiento y los paros camioneros, al derrocamiento de Salvardor Allende en Chile en el 73. Los cacerolazos son una muestra de la indignación de la gente que tiene más de una cacerola y que puede exponer la cacerola supernumeraria al embate furioso de un palo o cucharón con el cual la percutirá hasta que el gobierno conceda sus demandas. El cacerolazo fue convenientemente manijeado por los medios de comunicación que libran su propia batalla contra el gobierno y que a lo largo del año que se va han demostrado ser la única forma de oposición con algo de actitud. Por desgracia, a los fogoneros del pintoresco movimiento caceroloco sus seguidores le dan un poco de vergüenza. Por eso mismo son generosamente expuestos por los “periodistas militantes” de la tropa oficialista, que redoblan la apuesta y ponen en medio de la batalla a sus representantes favoritos. La gran debilidad del periodista militante es que cree en la veracidad de las informaciones que transmite, y con ese entusiasmo las defiende. Las entrevistas de Cynthia García en el 8N eran más bien un debate público. Algo realmente distinto, no sustancialmente peor que las entrevistas de “A dos voces”. Lo cierto es que las cacerolas y Moyano han salido a disputar la calle a los K. Habrá que ver cuánto les dura el entusiasmo. Ciertamente, los modos de ocupar el espacio público del oficialismo y de las diversas fuerzas opositoras no puede ser más contrastante, pero volveremos sobre el tema.
El gobierno ha abusado de las políticas demagógicas. Hoy por hoy, la asignación universal por hijo tiene alrededor de 7 millones de beneficiarios, que serán, en poco tiempo, 7 millones de votos. Asignación que pagamos usted y yo con nuestros impuestos y nuestros fondos jubilatorios, dicen los que detrás de cada ventana ven a un delincuente. La AUH, aparentemente, contribuyó a la disminución de la deserción escolar, replican desde las tribunas del FPV. Es decir, nuestros impuestos fomentan la vagancia de unos cuantos que en lugar de pedir o cartonear, que es lo que solían hacer, ahora van a la escuela y se vacunan, y en cambio reciben un dinero para que lo gasten en alcohol, drogas y otros vicios. De paso, el gobierno les regala netbooks -que también pagamos nosotros- que ellos en lugar de usar para estudiar, usarán para jugar o para descargar pornografía o para tramar planes de gran sofisticación con otros delincuentes. Esto nadie lo dice, pero parecía ser el reclamo encubierto detrás de los carteles que se exhibían en el cacerolazo de setiembre. Y si eso es realmente lo que molesta, estamos en presencia de un prejuicio repugnante y de la peor manifestación del egoísmo de clase. A todos nos gusta sentirnos especiales, gozar de algún privilegio. Para los que sienten lesionados sus privilegios, los gestos igualadores les parecen una injusticia.
Por todo esto uno entiende la indignación de la gente. Porque esta gente (el gobierno, es decir, gente pero no la misma gente que estaba indignada la frase anterior) va por todo. Lo hicieron con las AFJP y la plata de los jubilados, lo hicieron con YPF y aerolíneas, lo están haciendo con la Sociedad Rural que tanto ha hecho por la democracia, y lo van a hacer con Clarín si la justicia no le pone freno.
Porque ya lo dijo Bartolomé Mitre, estamos en una dictadura de los votos. Usted dirá, Bartolomé Mitre desconoce el significado de la palabra dictadura. Puede ser. A mí me parece que sí sabe, pero que se hace el estúpido. Al fin y al cabo, los que tenemos una edad recordamos no tan vagamente lo que es una dictadura. Además, si esto es una dictadura, ¿qué sería un gobierno militar? ¿Una democracia sin votos?.
Lo que más irrita del kirchnerismo es su caracter festivo. Recuerdo cuando ese abominable programa del canal estatal comenzó a dinamitarnos el ánimo, allá por 2009. En jornadas sombrías para el gobierno comenzó  678 a darle manija a un engendro que llamaron el Club de la Buena Onda, hermoseado con una deplorable canción de Pimpinella a modo de cortina. Veníamos del debate por la 125, de la derrota oficialista en las elecciones parlamentarias, de un descrédito bastante generalizado de la figura de la sra. presidente y así, como si nada, estos tipos sacan de la galera un programa de televisión y el Club de la Buena Onda. ¡Tan irresponsables podían ser! ¿Buena onda de qué? Si les iba como el demonio.

Pero detrás de eso había una estrategia encubierta, la festividad plebeya que puede verse en cualquier acto organizado por el oficialismo. De hecho, los que participábamos en algún tipo de organización social lo habíamos notado antes incluso de la eclosión de 678, pero fue magnificado después de los festejos del bicentenario. Las murgas, Fuerza Bruta, los músicos de Rock, Tecnópolis, la presidenta que baila con los murgueros, la diversidad social coreando la música de sus artistas, transmiten una sensación de falsa alegría, de fraternidad sobreactuada , y quiera el cielo absolverme si es que hablo inmodestamente, de erotismo. Nada más opuesto a las agrias manifestaciones caceroleras que, como ya dijimos, sus propios organizadores tuvieron que ocultar de manera vergonzante. Esta dimensión festiva seduce a algunos grandes artistas con el más carnavalesco espíritu de la fiesta popular, enamorante dirán algunos, irrespetuosa dirán otros. El 9 de diciembre, cuando la oposición celebraba en un sótano el fracaso del 7D, el kirchnerismo volvió a llenar la fuente de la Plaza de Mayo de cabecitas negras, de putos peronistas, de locos y de artistas.
A mí no me gusta la presidenta. La escucho, le entiendo, comparto algunos de sus análisis. Sé que es una excelente estadista y que tiene una asombrosa capacidad de trabajo. Pero quisiera otra cosa. No sé qué otra cosa, porque todo lo que conozco es peor. Posiblemente ninguno de los actuales representantes de la oposición me resulte muy atractivo jamás. En conjunto, me traen a la memoria una vieja película, favorita de una vieja amiga, la Armada Brancaleone, que contaba la historia de un aparatoso ejército de inútiles, pero no pierdo las esperanzas de que aparezca un candidato con ideas nuevas y una rosa azul en el ojal que nos permita creer en otra cosa, y a los kirchneristas, tener un opositor para conversar.

Mientras él o ella aparecen, alzo mi copa y brindo con los lectores, para desearles una Feliz Navidad, o, como se dice en inglés, Happy Cris, man.

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