domingo, 22 de mayo de 2011

Lo que mata es la humedad

El viernes pasado me dirigí como tantas veces a la residencia que mi tío Luberto tiene en las islas. Intentaba que el sabio me diera su parecer sobre la bajante del Paraná y la influencia que esta tenía en las actividades de los isleros y en la economía regional. Esperaba que con sus profundos conocimientos de economía política y sus vivencias como habitante de un ecosistema tan dependiente del comportamiento del río, sabría darme una opinión objetiva y autorizada acerca de las consecuencias posibles de esta bajante. Infortunadamente, lo encontré en uno de esos días, cada vez más frecuentes, en que la conversación se vuelve entreverada y extravagante, y , aunque no logré que se interesara en lo que yo quería preguntarle, igualmente publicamos la nota, principalmente porque tememos sus represalias.
-Hola tío. Hacía mucho que no nos veíamos. ¡Qué calor que hace!
-No sé. Decíme vos, ¿qué calor hace?
-Calor, mucha temperatura. No me vas a decir ahora que no te diste cuenta que hace calor. ¿Me equivoco?
-Entonces no debiste decir, “¡qué calor hace!” sino “¡cuánto calor hace!”. Porque el problema no es que haga calor, la vida es entre otras cosas una manifestación térmica, sino la cantidad de calor que hace. Es evidente que hace bastante.
-Para mí hace un montón de calor, demasiado diría. Una verdadera hola de calor. A mí el calor me tira abajo. Me bajonea. Yo qué quiere que le diga, prefiero el invierno, porque cuando hace frío te abrigás y listo. En cambio, en verano llega un punto en que no te queda más ropa que sacarte.
-Vos decís que hace mucho calor. ¿Mucho calor comparado con qué?
-No importa, tío. Yo no vine a hablar del tiempo, era un comentario nomás. Yo le quería preguntar por la bajante del río, ¿cómo la están sobrellevando los isleros? El año pasado recuerdo que hubo problemas por los roedores.
-Sí que es importante saber con qué comparamos nuestras apreciaciones. Uno tiene que establecer un punto de comparación para poder hablar con alguna autoridad de cualquier cosa. Si no es así, uno no conversa, no razona. Sólo hace ruido. ¿De cuánto calor estamos hablando?
-No sé. Cuando salí de casa había 34 grados. Mire cómo es usted. Compárelo con el jueves pasado, es muchísimo.
-¿Sabías que en el interior del Sol hace 15 millones de grados? Realmente no me parece que estés hablando de mucho calor. Los polos son los lugares más fríos de la tierra y el punto más tórrido está distribuido a lo largo del Ecuador. En los polos del sol una temperatura de 40º sería recibida con alarmas y frazadas.
-Está bien, pero para la supervivencia humana una temperatura de más de 35º es molesta y peligrosa para la salud. Por eso es que le digo que es preferible el frío del invierno. Uno se abriga, se sienta junto al hogar y se queda frente a la ventana tomando café y listo. Pero volvamos al tema del río, ¿cree que el estado está tomando las medidas apropiadas con respecto a la bajante?
-La verdad es que no había pensado en el asunto. Vos siempre venís a perturbarme. Como todo iluminado, he aprendido a vivir el día a día sin interpelar al universo sobre la conveniencia de la alternancia de las estaciones. Simplemente la acepto tal cual se da. Entonces venís vos con el cuento este de que qué calor que hace y que es mejor el invierno y me perturbás. ¿Por qué decís que te gusta el invierno? Porque tenés el hogar a leña, la frazada, la ventana y el cafecito. Es decir que querés que haga frío para abrigarte y encerrarte y no tener frío. ¡Para eso que haga calor!
-En realidad, mi ventana da a un pasillo… Y el café me hace mal. Pero yo quería que habláramos del río…
-Por otro lado, cuando vos decís que querés que haga frío. ¿De qué temperatura estás hablando? Porque si hablamos de 5 grados, que es una temperatura que casi todos considerarán más bien fresca,
seguimos hablando de calor. A menos que hablemos del cero absoluto, siempre estamos hablando de calor. El frío es absolutamente indeseable porque comporta un consumo de energía mayor y precipita la entropía. El universo perecerá en el frío. Y eso es inevitable.
-Siguiendo con el tema de la bajante del Paraná, ¿cuál es el impacto ecológico en la flora y la fauna de la isla, hay mediciones serias, habrá consecuencias importantes en los humedales?
-La humedad sí es un tema. Porque el calor ambiente en la pampa húmeda es, como su nombre lo indica, húmedo. El problema no es la cantidad de calor, sino el tipo, la clase, la forma de calor. Por eso yo no digo como vos “cuánto calor que hace” sino “qué calor hace”, calor húmedo y pegajoso.
-Entonces, si hiciera este mismo calor pero menos húmedo no sería tan molesto?
-Exacto, si hiciera este mismo calor pero seco estaríamos muertos de risa.
-Ah… Usted dice que el calor, por ser húmedo, se percibe como más calor.
-Algo así. Todos conocemos la frase, típica de los viejos, “lo que mata es la humedad”, pero pocas veces nos preguntamos qué cosa quiere decir exactamente. Cuando hay humedad en el ambiente -como por ejemplo, cuando llueve a lo pavote por la noche y a la mañana sale un sol soplete y evapora hasta los edificios- al cuerpo se le dificulta la sudoración y, en consecuencia, su capacidad para enfriarse. Aumenta lo que se conoce como sensación térmica. Sin humedad, con 40 grados se vive. Con humedad, con treinta ya estás incómodo y hecho una sopa.
-¿Cómo que se dificulta la sudoración? Yo con humedad transpiro más.
-No es que se sude menos, se suda más. Pero la evaporación del sudor es lo que produce frescura. Si el ambiente está cargado de humedad, no hay evaporación. Uno anda húmedo, pegajoso, transpirado, mojado, lúbrico y pantanoso como esos repugnantes batracios viscosos y ojisaltones que habitan los pantanos de las películas de terror y el fondo de la casa de tu madre, que siempre está lleno de cosas podridas.
-La humedad es muy problemática. En invierno cuando hay humedad también parece que hace más frío.
-Sí, pero con tipos como vos, que en lugar de decir “¡Qué humedad!” claman “¡Qué calor!” estamos en problemas. Muy al contario: el calor es la solución. Con una temperatura de más de cien grados, estoy seguro de que humedad ya no hay. Claro, tampoco habría agua líquida para beber, pero ustedes ya están acostumbrados.
-Bueno, aprovechemos que trajo el tema a la conversación y hablemos nuevamente del agua. Usted sabe que a los que habitamos Baigorria y ciudades vecinas la bajante del río nos preocupa porque ya hemos sufrido la carencia del líquido elemento. ¿Cómo está actuando ASSA en su opinión?
-Y sí, si hablamos de las ciudades la cosa es mucho peor. En el campo, acá en la isla, cualquier ráfaga de viento te refresca. Donde hay mucha gente y uno está obligado a compartir espacios pequeños y mal refrigerados con muchas personas no hay alivio de ningún tipo. En el 35/9 hay aire acondicionado (a veces demasiado), pero en el 143, más económico y popular, casi nunca. Es interesante mirar la reacción de un pasajero que es rozado casualmente por la piel transpirada de otro al subir al colectivo. Sin excepción experimentan un estremecimiento, fácil de percibir, bastante parecido a la repugnancia, aunque sean conscientes de que sus propios cuerpos también están agotados, húmedos, resbaladizos y comprendan que ese colectivo al que ascienden, si se llena, pronto le hará evocar la sensación de viajar en un balde repleto de sapos o en la bodega de un barco japonés donde la riqueza robada a nuestra fauna ictícola se agita agonizante buscando una molécula de oxígeno que le permita prolongar la existencia, hasta entonces tranquila y llena de buenos momentos, aunque sea unos pocos segundos. Miserable, el hombre condenado a trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente en esos macizos de cemento que son las ciudades contemporáneas, vuelve a ese estado en que todavía no era hombre, sino una grotesca criatura gruñente recién descendida de los árboles para enfrentar en una tierra arrasada por volcanes a predadores peludos y pletóricos de dientes, pero también a sus semejantes, porque los recursos son escasos y quien se haga con ellos podrá adquirir el derecho de revolcarse como las bestias en cuevas de frío, oscuridad y miedo, en ceremonias donde el instinto tiene más para decir que el placer, y permitir la supervivencia de la especie hasta morir en las fauces de un monstruo ciego e idiota. Era dura la vida del cavernícola. De esos seres hemos heredado los peores demonios que atenazan nuestra vida: el miedo y el sinsentido de la Existencia. Bueno sobrino, espero haberte sacado todas las dudas, pero ahora me tengo que ir a comer un helado a lo de Froilán el pescador. ¿Te acordás de Froilán, no? Bueno, resulta que tuvo una buena racha en el Casino de Victoria y se quedó unos días jugando a los fichines. Cuando volvió se encontró con que la canoa le había quedado atascada en el barro como a 300 metros del agua, y como hace rato que le venían dando pena los gemidos de los bagres a medio morir y no tenía ganas de seguir renegando, puso una heladería y le va fenómeno. ¿Venís? El viejo hace un sambayón de huevos de yacaré con coñac tres plumas para chuparse los dedos. En realidad, para chuparse nomás. El viejo pone coñac hasta en los cucuruchos.
-¡No me sacaste ninguna duda! ¡El único comentario que me sirve de todo lo que dijiste es que Froilán tuvo que poner una heladería porque no puede pescar!
-Bueno, querido, si vos te vas a poner a hablar de cualquier cosa con tus entrevistados, mal te va a ir en la vida como periodista.

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