Alguien, que con toda seguridad no se llama Lus sino de alguna manera mucho más complaciente y permeable a la influencia del sistema, no siempre ha sido el cínico escriba que fatiga palabras en un confuso decir sin banderas. Sucede que el tiempo te endurece -o te seca, como dice el hermano Marcelo- con una gruesa capa de quitina que nos protege, pero que también nos aísla de las influencias del exterior.
Eventualmente, algunas obras artísticas horadan la coraza y nos llegan al núcleo blando del ser, al corazón o al órgano que corresponda, y se quedan alojadas allí con la fuerza de una superstición.
Las hay que en un momento de la vida actúan como un espejo perfecto, sincronizadas al milímetro con los avatares de nuestro desarrollo y con la epopeya de la intensidad y de la melancolía que por comodidad llamamos preadolescencia.
La obra de arte con la que me he sentido más existencial y eróticamente contemporáneo es la película Melody. Quizás también habría que añadir políticamente contemporáneo, en una época en la que se hablaba de que los niños eran privilegiados y en la que no nos asombraba que los autos explotaran.
Era un espejo, y en cierto modo, un manual de instrucciones. Fue la primera vez que me vi a mi mismo en una película: mis timideces, mis miedos y esa extraña sospecha de que algo no estaba bien con los adultos. Cuando vi Melody me vi, y aprendí con ella a aceptar enamorarme y comunicar ese sentimiento, para poner en práctica el enamoramiento, para avanzar en el amor, pero también para huir de las convenciones, para formar alianzas, burlar instituciones, para sentirme parte de un colectivo que era más o menos parecido a lo largo de todo el planeta.
Capaz que sueno un poco cursi. Si le parece así, allá usted. En algún lugar perdido de su pasado, un ser pequeño y vulnerable a la indiferencia de los adultos, sufre por los pasillos la fenomenología del amor, esa experiencia involuntaria tan natural como el color de la piel o la lluvia. ¿Le gusto? ¿La llamo o espero que me llame ella? ¿Me parece a mí o me está mirando? Ese mundo de pequeños gestos que algunos reviven con sus hijos con nostalgia, y otros reprimen por apatía o resentimiento.
Melody, esa película que fue una decepción de taquilla en Gran Bretaña y en Estados Unidos, fue un fenomenal éxito en Japón y en algunos países de Latinoamérica, Argentina entre ellos. Los que no recuerden la película seguro recordarán la inolvidable banda de sonido encabezada por Bee Gees -antes de que la música disco los convirtiera en un coro de castratti- y cerraba con un bellísimo tema de Crosby, Still, Nash and Young, que algunos conocerán en la versión más reciente de los Hanson. En aquella época no sabíamos quién era Alan Parker. Cuando The Wall y Expreso de Medianoche lo hicieron famoso, algunos se acordaron de que él fue guionista de aquella tierna película que a su modo también era una denuncia.
En estos años de odio patriótico al colonialismo y a todo lo inglés en general, no está de más preguntarse por qué Melody fue un éxito en Argentina. Por mi parte, no tengo ningún escrúpulo de reconocer que el cine inglés siempre me ha gustado. Y me gusta del cine inglés su innegable parentesco costumbrista con algunos de nuestros paisajes latinoamericanos, por lo menos, de algunos del cono sur. Lo que el cine estadounidense muestra me resulta fantasioso y superficial , muy de ellos. Tal irreales como la supervivencia del coyote tantas veces derrotado por el correcaminos, que sobrevive al TNT, a los precipicios y sobre todo, al hambre. Los ingleses tienen barrios obreros, asisten a clases con uniforme, se transportan en autobuses públicos, juegan al fútbol, toman infusiones permanentemente. Obvio que muchas cosas nos diferencian, pero estoy seguro de que los obreros de los dos países se parecen, así como también sus clases dominantes, pero eso es otra discusión.
Eventualmente, algunas obras artísticas horadan la coraza y nos llegan al núcleo blando del ser, al corazón o al órgano que corresponda, y se quedan alojadas allí con la fuerza de una superstición.
Las hay que en un momento de la vida actúan como un espejo perfecto, sincronizadas al milímetro con los avatares de nuestro desarrollo y con la epopeya de la intensidad y de la melancolía que por comodidad llamamos preadolescencia.
La obra de arte con la que me he sentido más existencial y eróticamente contemporáneo es la película Melody. Quizás también habría que añadir políticamente contemporáneo, en una época en la que se hablaba de que los niños eran privilegiados y en la que no nos asombraba que los autos explotaran.
Era un espejo, y en cierto modo, un manual de instrucciones. Fue la primera vez que me vi a mi mismo en una película: mis timideces, mis miedos y esa extraña sospecha de que algo no estaba bien con los adultos. Cuando vi Melody me vi, y aprendí con ella a aceptar enamorarme y comunicar ese sentimiento, para poner en práctica el enamoramiento, para avanzar en el amor, pero también para huir de las convenciones, para formar alianzas, burlar instituciones, para sentirme parte de un colectivo que era más o menos parecido a lo largo de todo el planeta.
Capaz que sueno un poco cursi. Si le parece así, allá usted. En algún lugar perdido de su pasado, un ser pequeño y vulnerable a la indiferencia de los adultos, sufre por los pasillos la fenomenología del amor, esa experiencia involuntaria tan natural como el color de la piel o la lluvia. ¿Le gusto? ¿La llamo o espero que me llame ella? ¿Me parece a mí o me está mirando? Ese mundo de pequeños gestos que algunos reviven con sus hijos con nostalgia, y otros reprimen por apatía o resentimiento.
Melody, esa película que fue una decepción de taquilla en Gran Bretaña y en Estados Unidos, fue un fenomenal éxito en Japón y en algunos países de Latinoamérica, Argentina entre ellos. Los que no recuerden la película seguro recordarán la inolvidable banda de sonido encabezada por Bee Gees -antes de que la música disco los convirtiera en un coro de castratti- y cerraba con un bellísimo tema de Crosby, Still, Nash and Young, que algunos conocerán en la versión más reciente de los Hanson. En aquella época no sabíamos quién era Alan Parker. Cuando The Wall y Expreso de Medianoche lo hicieron famoso, algunos se acordaron de que él fue guionista de aquella tierna película que a su modo también era una denuncia.
En estos años de odio patriótico al colonialismo y a todo lo inglés en general, no está de más preguntarse por qué Melody fue un éxito en Argentina. Por mi parte, no tengo ningún escrúpulo de reconocer que el cine inglés siempre me ha gustado. Y me gusta del cine inglés su innegable parentesco costumbrista con algunos de nuestros paisajes latinoamericanos, por lo menos, de algunos del cono sur. Lo que el cine estadounidense muestra me resulta fantasioso y superficial , muy de ellos. Tal irreales como la supervivencia del coyote tantas veces derrotado por el correcaminos, que sobrevive al TNT, a los precipicios y sobre todo, al hambre. Los ingleses tienen barrios obreros, asisten a clases con uniforme, se transportan en autobuses públicos, juegan al fútbol, toman infusiones permanentemente. Obvio que muchas cosas nos diferencian, pero estoy seguro de que los obreros de los dos países se parecen, así como también sus clases dominantes, pero eso es otra discusión.
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