domingo, 29 de mayo de 2011

Sobre los árboles

¿A que no sabéis qué es un platanus hispanica? Pues no, que no es un producto de la recientemente proclamada Monarquía Bananera de la Mamá Patria, sino una especie vegetal de gran porte, también conocida como plátano híbrido, plátano de Londres o, más comúnmente, Plátano de Sombra.


Pues sí, querido lector, se trata de esos enormes árboles que adornan las veredas de la ciudad y que seguramente pervivirán más allá de nuestras miserables existencias humanas. El plátano hispánico puede vivir más de trescientos años, pudiendo alguno haber sido testigo de conversaciones interesantísimas de los próceres que alcanzaron a descansar bajo su sombra entre batalla y batalla.
Tiene el plátano, como los argentinos, un ascendiente confuso y mestizado, y poco se sabe de su origen real. Se supone que los primeros son producto de una hibridación realizada en España en el siglo XVII. En ese lugar y por esa fecha se los menciona por primera vez.
En este mundo que es, al decir de los mayores, un “valle de lágrimas” donde nuestras cabezas son constantemente golpeadas por muertes, duelos, mudanzas, acomodamientos, rezongos y obligaciones, son los plátanos de mi barrio una módica gota de miel en una amarga jarra de fernet sin coca y sin hielo.
Porque ellos, los plátanos, son como ventiladores naturales, como molinos de viento de largas melenas que permanentemente convierten el residuo de nuestras respiraciones en oxígeno purísimo, y que hacen que el aire de Baigorria sea codiciado por los habitantes de localidades vecinas que aprovechan cualquier trámite, cualquier visita ocasional,  para llevárselo embotellado con el propósito de respirarlo en los momentos de escacez, cuando las mefíticas fábricas arrojan en los cielos vecinos su ponzoñoso cóctel de sustancias inmundas.

Poderosos, silenciosos, sobrios, los plátanos no nos presumen su grandeza. Más bien, nos muestran nuestra pequeñez al sepultarnos bajo una alfombra de hojas amarillas cuando llega el otoño.
Árboles con pelotas, nos desafían. Sus frutos se descomponen en emplumadas semillas que pueden dejar fuera de combate a un ejército de alérgicos, condenándolos a ceguera y a estornudo, a la par que sustentan la prosperidad del negocio farmacológico, que provee a los mencionados dolientes de jarabes, corticoides y pañuelos de papel para sobrellevar sus crisis.
Los botánicos y los expertos en jardines piensan que no es prudente plantar al platanus hispanica a menos de diez metros de las edificaciones porque, por ser un árbol de gran porte -algunos alcanzan los cuarenta metros de altura- sus raíces pueden debilitar los cimientos de los edificios. Para no hablar del peligro que implica que una tormenta pueda tumbar uno de estos árboles o parte de ellos sobre una casa o un vehículo (como ha sucedido en rosario, sin ir más lejos) y provocarle serios perjuicios.

Pueblos primitivos tienen la salvaje costumbre de mutilar parte de las ramas de estos árboles colosales porque suponen que así el dios que vive en el árbol no tendrá brazos con qué dañar a las personas o tornar sus bienes en inservibles. Este ritual recibe el nombre de “poda” y es practicado aún en la actualidad incluso en localidades vecinas. La poda evita que el árbol pueda destruir un barrio con sus manazas, pero no nos protege de que el árbol decida vengarse pateando los cimientos de nuestros hogares con sus raíces o, en el peor de los casos, explotando o expeliendo rayos atómicos por sus muñones.

En fin, cuentan los ancianos dignos de fe que alguna vez alguien propuso ante el Consejo Delirante la idea de retirar los plátanos de toda la ciudad. Las razones que alegaba el oferente era preservar a la población de nuestra ciudad del agudo ardor en los ojos que producen sus bolas -las del árbol- al esparcirse en forma de semillas, en atención a la salud de miles de alérgicos que viven en Baigorria y a su propio beneficio, representado en el industrial interés en abrir una fábrica de palillos chinos, made in argentina, con la madera que obtuviera de la tala; palillos argenchinos se iban a llamar.
Dice la misma fuente, cuya identidad preferimos preservar principalmente porque no estamos muy seguros de quién fuera, que la propuesta naufragó después de que las “fuerzas vivas” y “yasabésquién” se opusieran alegando que era un negociado o, como dice la citada fuente, una extracción de provecho privado de la cosa pública.
Una barbaridad, me dijo. Y se fue tosiendo.

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